jueves, 2 de junio de 2011

A la hora de ir.

La luna que no sabe levantarse
a la hora
le ruega al despertador
que tarde en sonar.
Se levanta de un saltito,
y espera que se despeguen los ojos,
que extrañan y no olvidan.
Corre para no tomar micro,
y espera su turno
para la tortura de la aguja,
camina por sobre hojas caídas
y llega en misión de compra,
apura el recorrido por el supermercado
porque no sabe que comprar.
Llega a donde tiene que ir
repite el parlamento sobre el amor,
y luego se olvida de las culpas.
Nunca se preocupó menos
de los demás
y se entregó tanto a la piel
que se aburre de pertenecerse.
Y si le preguntas
cada miércoles le convence más.

Una luna sin culpas,
No es prolija con la Felicidad.